jueves, 15 de agosto de 2013

El puerto más duro

Los miembros de la expedición Dolomiti 2013 ya descansan en casa. Ha sido un largo día de viaje, que comenzó a las 5 de la mañana, con un temprano desayuno en el albergue Baita de Mario, donde tuvieron el detalle de levantarse a esa hora para prepararnos unos cafés en el momento. Lloviznaba sobre un Bormio bañado por las primeras luces del alba cuando nos montábamos en los vehículos e iniciábamos la marcha. Al volante, Mr. Roldán, el hombre de las mil voces, y Mr. Cerdeño. Tirano, Sondrio, los innumerables túneles junto al lago de Como, Lecco y por fín, Milán, donde por supuesto nos extraviamos. 

Ya en el aeropuerto, el equipo se dividió en dos. El pelotón fragoneta debía devolver la furgoneta en la oficina de Maggiore en la estación de ferrocarril Milan Centrale y volver al aeropuerto cuanto antes. El pelotón bocata debía permanecer en el aeropuerto, devolver el coche de alquiler y preparar el almuerzo (los bocadillos de jamón serrano). Todo fue rodado y, antes de mediodía, los bocadillos se deshacían en nuestras fauces. Facturación del equipaje y las bicicletas, control de seguridad (Mr. Facio se quedó sin protector solar) y embarque en cuestión de minutos. Dos horas después aterrizábamos en la Patria. 

A estas horas, con las bicicletas revisadas y montadas para el paseo de mañana o pasado por el carril-bici y con la cena en el estómago (en mi caso, nuevamente pasta), toca pensar en el merecido descanso... y por supuesto en la próxima expedición. Aunque en primer lugar hay que subir el puerto más duro de todos, la vuelta al trabajo.

martes, 13 de agosto de 2013

Lo que se perdió de camino a Livigno

Última etapa en biciceta del viaje a las Dolomitas. Subida al passo Foscagno, que separa las ciudades de Bormio y Livigno. A las 10 de la mañana, hora de la partida, sólo dos de nosotros nos vestimos de faena y nos lanzamos cuesta abajo hacia Bormio: Mr. Cerdeño, que aún tiene batería para rato, y el que suscribe. 

El tiempo nos acompañó. Mañana soleada con nubes ocasionales y una temperatura ideal. La subida, de 22 kilómetros, con unos primeros 7 de falso llano, no es exigente, y tiene rampas máximas del 8%, pero tiene 13 kilómetros de ascenso continuado hasta la cima, a casi 2.300 metros de altitud. Tráfico muy denso y muchos grupos de ciclistas en esta subida ideal para entrenar, entre ellos Roman Kreuziger del Saxo y una nutrida representación del equipo Lampre, amén de otros cicloturistas y aficionados. Poco antes de la cima, se suceden una serie de túneles, que el conductor italiano sabe como cruzar causando el mayor peligro con el menor esfuerzo posible. Hicimos los últimos metros a plato grande, hasta coronar frente a la aduana suiza, tal y como establece Velominati. Al poco tiempo, de vueta a Bormio, detrás de una caravana, y algún que otro desgraciado, la mayor parte del tiempo. 

Foscagno, un puerto suave no apto para gallinas

En la ciudad nos juntamos con el resto de dolomíticos (por decir algo) para almorzar en el peculiar centro histórico de Bormio. Desde allí, cada mochuelo a su olivo. Ellos a reanudar sus compras y nosotros a regresar al hotel en bici. Mientras escribo estas líneas, Mr. Cerdeño aún sube a Bormio 2000. Yo ya no tengo gasolina para nada más que redactar estas líneas. 

Bormio a vista de ciclista molido

Fotoriporti Roldán

El reportero Mr. Roldán nos brinda con las siguientes fotos una visión de la expedición dolomítica a través de la lente de su cámara.

El mítico Col de la Nutella

Pasa por la acera chata, que no mordemos

Déjate de gaitas y dame pasta, copón

Cortina de Armani

Reagrupamiento en la cima del Giau

En el Giau, de izda. a dcha.: Facio, Pérez-Prim, Moscat, Blanco, Herráez, Cerdeño, Roldán, Encinas y Fuciños.

Los cuatro mosqueteros del Apocalipsis

El lago Misurina

La residencia de verano de Drácula

El cigarrito de después del Stelvio

Lei gagnani dello Stelvio

Meandros de asfalto

Atardecer a tres mil metros

En pos de los culitos pros

En el Mortirolo, tocando el cielo con las manos: Va por tí, Pablo

Sobre el papel, el Passo Gavia


lunes, 12 de agosto de 2013

Soltando piernas por los alrededores de Bormio

La etapa de hoy ha sido un mero trámite con sólo dos puertos relevantes, el Mortirolo por la vertiente menos suave de Mazzo di Valtellina y el Passo Gavia, que sobre el papel era mucho menos duro que el Stelvio ¿verdad Mr. Fuciños?

Iniciamos la marcha después de las diez, una vez que Mr. Encinas cambió el buje de su rueda trasera, que le dio problemas bajando el Stelvio el día anterior. Con esta estrategia, el Sr. Encinas se ha apoderado el Maillot de las Chamartinadas, por enésima vez. Desde Bormio hasta Mazzo di Valtellina, terreno continuamente descendente, propicio para reservar fuerzas. Había mucho miedo y hemos sido más amarrateguis que nunca. Ni siquiera nos pusimos a rueda de Ivan Santaromita, el flagrante campeón de Italia de profesionales, enrolado en el BMC, que nos adelantó poco después de salir de Bormio. Iba acompañado de un Saxo, que en principio pensamos que era contador, pero qué va. No tenía pinta de gustarle los solomillos de Irún. En Mazzo di Valtellina comenzaba el temible Mortirolo. Mr. Cerdeño puso el piloto automático y tomó la delantera. Por detrás, Mr. Fuciños, con el regulador de potencia en modo activo, el escalador Herráez y yo, reptando por rampas criminales del 14% en adelante. No me gustaba la compañía y me fuí en pos del androide, al que dí caza a mitad de la subida. Desde allí hasta la cima, jadear y dar chepazos fue lo único que hice. Fuimos coronando de a uno y a dos hasta completar el pack. Foto de rigor en el cartel del puerto, lleno de pegatinas y descenso hacia Monno, para comer pasta y pollo (un trozo contado para cada uno).

Viento favorable hacia Ponte di Legno, donde comenzaba la subida al Passo Gavia, otro puerto mítico (que se lo pregunten a los participantes del Giro 88), con sus 20 kilómetros de longitud y sus 2.650 metros de altitud. Sin olvidar las rampas puntuales del 16%, que tanto gustito dan cuando vas ya en reserva. Mr. Cerdeño, que no falla, llevó en volandas a Mr. Herráez y a un servidor, mientras que Mr. Fuciños prefería disfrutar del puerto en solitario. Los últimos kilómetros del puerto son lo siguiente a duros, con un asfalto rugoso, botoso y muy bacheado y unas rampas entre el 8% y el 9%. Arriba hacía un frío del carajo, así que nos metimos en un albergue a tomar un refrigerio (o un caldo caliente según gustos) y a forrarnos el pecho de periódicos, porque el descenso se preveía frío, como así fue. Con tiritones en las manos, aún tuvo tiempo nuestro reportero Mr. Roldán de retratar la laguna y el glaciar que se divisan desde la cima. Hasta Bormio, bajada contínua. Nuestros gritos de júbilo cada vez que el sol asomaba tras la montaña y nos bañaba la espalda se escuchaban desde Bormio hasta Sondrio. 

Ya en esta populosa ciudad, reagrupación y acopio de fuerzas para la última dificultad del día, la subida al hotel en Ciuk. Poco más de cinco kilómetros de ascensión, pero un desnivel acunulado equivalente a las calorías de 3 cervezas Paulaner. Una vez duchados y emperifollados, nos proponemos a saldar ese déficit de calorías en el comedor del hotel.

Tre Giau di Falzarego y El Puerto de Todos los Puertos

Vaya tappone el de ayer (sábado). Tres puertos a cada cual más duro. El pronóstico meteorológico era favorable, sol espléndido durante todo el día, pero nos despertamos y desayunamos con cielo cubierto y lluvia ligera. Estuvimos remoloneando en la puerta del hotel hasta que partimos de Cortina a las nueve y media, con dirección al Passo di Falzarego. Mr. Moscat nos quitó el frío del cuerpo en las primeras rampas de este puerto largo, con sus más de 14 kilómetros hasta la cima. El cielo comenzaba a abrir tímidamente cuando iniciamos el descenso. Hacía un frío de pelotas en la bajada, sobre todo en los tramos sombreados. Bostezando como leones nos reagrupamos en el desvío a la segunda dificultad del dia, el Passo Giau, pasando antes por un inofensivo col, que ofrecía unas vistas espléndidas de las Dolomitas y de los valles donde se encajan las localidades de Caprile y Alleghe. El sufrimiento durante los diez kilómetros de subida al Giau tuvo como recompensa una gran panorámica de 360º.

Después de almorzar en Pocol junto a un grupo de ciclistas transalpinos calzados con pepinacos (principalmente Pinarellos), bajamos hasta Cortina, donde comenzaba la ascensión final a las Tres Cimas de Lavaredo, con la subida previa a una golosina de 9 kilómetros, el Tre Croci. En la city perdimos a Mr. Fuciños, que fue a recoger agua al nacimiento del río Gere. Tras la enésima reagrupación comenzamos el ascenso al Passo Tre Croci. El sol hizo acto de presencia y mitigamos el calor en los tramos boscosos de la carretera. Durante la subida tuvimos un incidente con una furgoneta que nos adelantó guardando menos de medio metro de distancia de seguridad, cuyo conductor fue el sparring que pagó todas nuestras tensiones de días pasados. En la cima del Tre Croci ya nos habíamos dividido en dos grupos, que hicieron camino hacia el lago Musurina, un tranquilo y hermoso lugar de veraneo a los pies de la formidable subida a las Tres Cimas de Lavaredo, una colosal subida de unos seis kilómetros, donde los últimos cuatro tienen medias superiores al 13% y pendientes máximas del 19%. Meses atrás se impuso aquí, bajo la nieve, en un dantesco final de etapa de Giro, Vincenzo Nibali. Impresionantes vistas desde las Tres Cimas de los picos circundantes (varios tres miles ertenecientes al gruppo dei Cadini), del lago de Misurina, 700 metros más abajo, y de la localidad más importante de la región, Auronzo di Cadore.

Con el olor a zapata quemada retumbando en nuestras glándulas olfativas, alguno incluso con los dientes del plato grande lijados a la piedra (Mr. Facio) bajamos de forma chamartineramente desordenada hacia Cortina. Fuimos llegando al hotel, guapeándonos y saliendo de compras varias al Corte Inglés de aquí, entre Ana Belenes y Borja Maris, todos tán felices con sus cabellos tintados, sus pullovers a la espalda y los perros bien sujetos con correas de perlas. Volvimos a cenar en el 5 Torri, después de bebernos una pinta de buena cerveza sin filtrar, con la que brindamos por el trabajo bien hecho, y nos metimos en el sobre a descansar para la inminente cita con el Stelvio.

Hoy domingo tocaba traslado a Bormio. Lucía un cielo azul espléndido sobre Cortina cuando recogíamos las bicis y maletas y desayunábamos según el horario previsto. Todo un hito en la historía del club. Nos unimos a la caravana de domingueros que transitaban por las carreteras del Veneto con dirección a Brunico. De allí a Bressanone, Bolzano, Merano y finalmente Prato dello Stelvio, donde almorzamos en la residencia de verano del Conde Drácula, que en la actualidad regenta su tatarabuela Mildred la perfumada y que custodia un monstruoso enjambre de moscas devoradoras de espaguetis.

Aparcamos los coches a la puerta del restaurante, con las ristras de ajos colgando de los retrovisores, y nos echamos a la carretera. El reto que teníamos ante nosotros tenía por nombre Passo dello Stelvio. Con sus 48 tornanti (curvas de herradura), sus más de 26 kilómetros de longitud y sus 2760 metros de altitud, este es para muchos el Puerto de Todos los Puertos. Por otra parte, están las impresionantes vistas del glaciar del Stelvio, omnipresente durante la primera mitad de la subida y el famoso zigzag que son las curvas de los últimos 7 kilómetros, y que salvan una pared de 700 metros hasta la cima. En cuanto al desarrollo de la subida, tras unos primeros kilómetros en los que Mr. Fuciños y yo comandamos la grupeta de cabeza, Mr. Herráez tomó el relevo definitivo y puso su marcheta, llevándome en volandas hasta la Cima Coppi, que no le disputé. Velominati rules. Junto a las tiendas de souvenirs y demás timbas y puestos de feriantes nos reagrupamos antes de iniciar el descenso, el tándem Silicon Valley-Colombia hacia Bormio, el resto en sentido contrario, hacia Prato dello Stelvio. Había que recoger las cosas y seguir la marcha hacia nuestro hotel en Ciuk, donde los dos escaladores esperaban, como agua de mayo y con la toalla a la cintura, sus maletas. Cenamos tarde en el albergue, y más tarde aún nos fuimos a dormir, rodeados del silencio propio de una noche cualquiera en la montaña. 

P.D.: Hoy no hay fotos que acompañen esta entrada. Prometo publicar una entrada con un compendio de las mejores imágenes de la expedición, que probablemente coincida con los momentos de mayor degradación humana de sus integrantes. Hasta aquí puedo escribir.

viernes, 9 de agosto de 2013

Cortinas de Armani en las Dolomitas

Los nueve magníficos han llegado a Cortina d'Ampezzo, la ciudad super pija de los Kens y Barbies viejunos transalpinos, donde abundan los Porsches, Ferraris y Mayjaaarl de lujo, esta última una marca de coches muy hipster. Nuestro quinto día en Italia ha sido un día pasado por agua, desde primera hora, cuando recogíamos nuestras cosas en Colfosco, durante el traslado hasta Cortina por el Passo di Valparola y una vez en la ciudad, cuando paseábamos en busca de la tienda de bicis fantasma, o nos comíamos un gelatto al tiempo que revisábamos las reglas Velominati con nuestra cruda realidad globera.   

Nuestro periplo italiano comenzó cuatro días atrás. Llegamos a la bota después de un viaje que habría dejado a Homero sin recursos. El embarque en el vuelo de Easyjet no se nos dio del todo mal. Facturamos las maletas sin contratiempos ni retrasos y partimos los ocho, a pesar de que Mr. Cerdeño y Mr. Encinas le quisieron poner emoción y jugaron al despiste hasta el último momento. Ya en Italia la cosa se torció, o mas bien, tomó el cauce habitual en todo viaje chamartinero. Al retraso de media hora en el vuelo se le unió el tiempo que perdimos recogiendo la furgoneta en Milán, a cincuenta kilómetros del aeropuerto. Mientras que parte del grupo arrasaba con las existencias de los bares del aeropuerto, unos pocos nos fuimos en bus a la estación de ferrocaril (Milan Centrale), en contra de la idea original de ir en taxi, pero el taxista jefe, un primo de Berlusconi, nos quería cobrar el trayecto y la fianza del presidente bunga bunga. La recogida de la furgoneta, muy al estilo italiano: una encargada ex-yonki en Amicoblu, una excursión en coche hacia el arrabal donde se encontraba la furgoneta, cuyas puertas no cierran.

De vuelta al aeropuerto, previo paseo por algunos bellísimos barrios periféricos de la ciudad de las gomas de borrar, recogimos a la tropa, las bicis y las maletas en Malpensa, con la intención de llegar hasta Colfosco a las 2 de la mañana 8-X. Decidimos parar a comer algo antes de atravesar Milán, en nuestro camino a las Dolomitas, unos bocadillos y unas bebidas, y eso sólo nos llevó una hora. El extraño encanto de aquel abrevadero y su ignominiosa lámpara de araña art decó no merecían menos. La intersección entre la autopista del aeropuerto y la que nos debía llevar a Verona estaba cortada, así que pudimos deleitarnos con otros tres cuartos de hora de visita guiada por la Milán. A las tres de la mañana aún no estábamos en Colfosco, sino perdidos en Verona. No fue hasta las cinco y media, cuando ya amanecía, que llegamos hasta este puto sitio. ¿Dormimos hasta las 12 y salimos a rodar a las 14? ¿Dormimos hasta las 13? No. "A las 10 todo cristo en pie" [Fin de la cita]. Palabra de robot, amén.

Y a las 10 que estábamos, bajo un sol de justicia, montando las bicicletas frente a los apartamentos Sainsom. Poco después comenzábamos la etapa, con la panza repleta de pasta y pizza, con una primera subida al Passo di Campolongo, en cuyas rampas ya se vio quiénes iban a repartir el bacalao y a quiénes les tocaban las raspas. En Arabba hicimos una parada técnica para reparar mi dirección. Después, ascenso al imprescindible Passo Pordoi, con sus curvas de herradura, que compartimos con el gentil tráfico rodado, compuesto por un buen número de gitanos que han cambiado la fragoneta cargá melones y cabras por monovolúmenes de gama media-alta. Aquí el más muerto de hambre calza un Volvo. En la cima, petada de gente, los cabrones de mis compañeros tenían pinta de haber subido de paseo, pero yo empezaba a ver en modo túnel. Tras las fotos en grupo, tocó bajar hasta el cruze con la subida al Passo Sella. Mucho calor durante esta penúltimas subida, que coronamos por encima de los 2.200 metros, con el tándem Silicon Valley-Colombia (Mr. Cerdeño-Mr. Herráez) en primer lugar. Las vistas desde el albergue situado en la cumbre, sencillamente impresionantes. Tan sólo nos quedaban la subida al Passo Gardena y el ínfernal muro de la Nutella o Lexatinberg desde la carretera hasta los apartamentos. Mientras yo dormía, unos hicieron la compra y otros prepararon la cena. La noche acabó con cervezas, una sesión de fotos del reportero Roldán, otra de música romántima de DJ Fuciños y una profunda conversación de cuescos, zurraspas, cougars con Z4 y otros temas del interés de tíos asilvestrados. 

Lei gagnani delle Pordoi

El miércoles la diana tocó a las siete y media de la mañana en Colfosco, o mas exactamente cuando al cap(b)o Fuciños se le antojó despertarnos a todos. Una hora después ya estábamos los nueve magníficos camino de La Villa, donde daba comienzo la ascensión al Passo di Valparola, un puerto largo pero duro. Una vez coronado, Mr. Cerdeño recibió una llamada que no traía buenas noticias de España. Como resultado, unas horas después tuvo que partir hacia el aeropuerto de Venecia para coger un vuelo hacia Madrid. Le esperamos de vuelta en un par de días.

La etapa continuó con un descenso hacia Caprile, lugar de comienzo del temible Passo Fedaia. Los galgos hicieron camino hacia la cima. Los lentos tuvimos nuestra recompensa, con la visita, pagada, al desfiladero de Sottoguda. Los últimos kilómetros de la Marmolada se me hicieron eternos. La bajada hasta Canazei, un trámite. Mr. Roldán se quedó en la cima retratando a los muchos chupacámaras presumidos del grupo. Después de almorzar en Canazei, subimos el Pordoi, una golosina a estas alturas de día, y el Campolongo desde Arabba. Para poder afrontar el Col de la Nutella con garantías, nos tomamos unas birras en el internet spot & bar de Colfosco. Al poco tiempo bajábamos nuevamente al pueblo para cenar y cerrar los vuelos de Mr. Cerdeño, que partió hacia Venecia de madrugada.

Sottoloquesea

La etapa del jueves incluía las subidas a los pasos de Furcia y Erbe. El primero, con unos 12 kilómetros de longitud y unos últimos 5 kilómetros criminales, comenzaba en la localida de Longega. Hasta allí fuimos a una media de 38 km/h., rodeados de los ya habituales conductores subnormales que tanto abundan por estos lares. Al no encontrar en la cima a la propietaria del Passo para que nos autografiase los gayumbos, decidimos desandar nuestros pasos y dirigirnos a San Martino di Marebbe, donde daba comienzo el largo Passo delle Erbe, a cuya cima llegamos molidos y a cuentagotas, todos y cada uno de nosotros, incluído Mr. Facio, que se tiró todo el día "amenazando" con no subir este puerto. Pronto empiezan estas plañideras a incordiar con sus quejidos lastimeros. Sólo tres días de puertos han minado la moral de ciertos componentes del grupo, que ya piensan en dedicar sus horas aquí a irse de compras y navegar por internet. Desde el Passo delle Erbe hasta Corvara, enfilados y haciendo afiladores. Un cielo negro como los cojones de un grillo nos acompañó en nuestras últimas pedaladas hacia nuestro destino, allende el Col de la Nutella.

Remembering Endrio Meoni


lunes, 5 de agosto de 2013

El trabajo ennoblece

Ayer por la tarde, como si de un grupo de bien avenidos toxicómanos del Proyecto Hombre se tratase, los componentes de la expedición Dolomiti 2013 pasamos unas horas la mar de entretenidas entregados al bricolaje. Ocupando toda la acera frente a la Flor de la Dehesa, empresa que proporciona el jamón serrano rico rico para los momentos de necesidad allá en la Italia del prosciuto y que patrocina el maillot de lunares y vetas, desplegamos todo un arsenal para embalar las bicis: cajas, cintas de embalaje, bridas, cutter, tijeras, llaves allen, tablones de maderas, plástico de burbuja, poliestireno (polímero termoplástico que se obtiene de la polimerización del estireno [Fin de la cita]). 

Reinaron la camaradería y el buen humor, la solidaridad y el compañerismo, en una muestra más de la hipocresía que impera en el colectivo ciclista. En dos días nos estaremos sacando los ojos y disfrutando con los jadeos ajenos (encima de la bici, no seamos cerdos). 

Con trabajo duro se superan las adicciones
La técnica de empaquetado es bien sencilla: se desmontan sillín, pedales y cierres, se libera el manillar, se enchoriza el cuadro con protectores de tubos de fontanería, se protegen las piezas sensibles (cambios, manetas, etc.) con plástico de burbujas, poliestileno o cartones, se encinta todo muy bien, hasta darle la consistencia del hormigón armado y se mete en una caja de cartón, previamente recogida en una tienda de bicicletas. El resultado suele ser bueno, aunque siempre puede ser mejor usando el sistema patentado Fuciños Packaging System™.

Por último, partiendo de la premisa de que el personal del aeropuerto encargado del manejo del equipaje sabe leer y tiene conocimientos de inglés, se pegan en los laterales de las cajas carteles que avisan de lo delicado de su contenido. 


Con las bicis ya empaquetadas, salimos a rodar con el patinete amarillo (al fondo)